Por Charly Morales Valido
La Habana (PL) Salvo que ganó tres coronas en tres Juegos Olímpicos, y que dedicó sus últimos días a la cría de palomas, poco se sabe de Carl Westergren, aunque su lugar en la historia es incuestionable.
De hecho, muchos consideran al gladiador sueco el padre de la lucha grecorromana moderna, un hombre que fue el Aleksandr Karelin de su época, cuando los combates duraban, por regla, fácilmente una hora.
También conocido como "Calle", Westergren nació el 13 de octubre de 1895 en la ciudad sueca de Malmo, y con 25 años de edad participó en los primeros de sus cuatro Juegos Olímpicos, en Amberes.
Ahí avanzó sin complicaciones ronda por ronda, y en la final venció al finlandés Arthur Lindfors en 31 minutos y 25 segundos, para ganar la medalla de oro en la división mediana del estilo greco.
Cuatro años después, en París, se coronó en la división ligero-pesada, también del estilo clásico, al vencer a su compatriota Rudolph Smith; también luchó en la libre, pero acabó en cuarto puesto.
Su cadena fue truncada en Ámsterdam-1928, donde lo eliminaron en la primera ronda, al parecer porque el día anterior se disgustó con los organizadores y para aplacarse se regaló una cena fabulosa: al día siguiente se arrepintió, pero tarde: no hizo el peso requerido.
Aún así, a los 36 años de edad regresó al colchón olímpico en Los Angeles, y fue el mejor de los superpesados, al derrotar primero al fornido austriaco Nikolaus Hirschl y en la final al checo Josef Urban.
Además de su tríada olímpica, el palmarés de Westergren incluye la corona del mundo de 1922, y tres títulos europeos (1925, 1930 y 1931), méritos que bastaron para elevarlo al Salón de la Fama en 2005.
Amen de haberse coronado en tres Juegos Olímpicos, Westergren tuvo el mérito de hacerlo en un tiempo en que la lucha sería deportiva, pero muy fiel a las ancestrales batallas que la inspiraron.
A diferencia de la actualidad, con peleas reguladas por tiempos y puntos, y que exigen una intensa preparación física, antaño se luchaba hasta que uno de los contendientes se rendía, o estaba muy golpeado.
De hecho, en 1912 el límite de una hora de combate solo aplicaba para la fase clasificatoria, en la final se luchaba hasta reventar: por ejemplo, el finlandés Alfred Asikainen y el ruso Martin Klein estuvieron 12 horas batidos sin un claro vencedor.
Al final se impuso el eslavo, que estaba tan exhausto que tuvieron que recoger la medalla por él: una pelea sin dudas memorable durante las primeras horas, pero pura caricia torpe y hastiada al final.
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