Juan Montalvo Fiallos
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Juan Montalvo Fiallos nos cuenta el "Paisaje vespertino en Ipiales, el sur de Colombia"
Yo he visto en el horizonte de cierto País Andino cuadros portentosos que no hallarán cabida en la imaginación de Milton: " Las nubes repartidas en largas plumas, que se extienden desde el occidente hasta el cenit en forma de abanico apocalíptico o de cola de un pavo real gigantesco. Estas plumas son blancas; el fondo azul celeste y la simetría tan perfecta, que realmente parece obra de un artista sobre humano. La escala del suelo de Jacob no es ni más grande ni más bella, ni más misteriosa; medio oscura ya la tierra, un suave fulgor ilumina todavía la bóveda celeste; en esa hora incierta, umbral terrible que pasa el día para hundirse en la noche, la imaginación menos pintoresca ve palpablemente un sinnúmero de ángeles saltando por esa escalera celeste, al son de esa lejana y confusa música de los astros. El Domo de San Pedro, el Sepulcro de Adriano, el Castillo de Santo Ángelo, las Fortalezas de Sebastopol, las Torres de Londres, todo está representado en ese horizonte por medio de pelotones enormes de nubes teñidas de púrpura, violáceas, amarillas como el oro de Portugal y mil y mil colores que presenta un globo ese arrebol inmenso. “El sol en el trópico de Cáncer, se pone justamente tras el Cumbal, coronado de nieve perpetua. En una quebrada del monte se apiñan por la tarde enormes nubarrones; el sol en su descenso los hiere de soslayo, los enciende y arden esas nubes figurando una hoguera suspendida en el firmamento; arden vivamente como las entrañas de un volcán, de suerte que esas brasas sin fuego tienen hasta soflama que hace agresión a la vista del filósofo o el poeta observador, apasionado de esos portentos.
Estos cuadros dignos del Todopoderoso, delineados por su Mano, coloreados por sus Ojos, vivos como su Aliento y fugitivos, " El rojo se desangre, el amarillo palidece, el violeta flaquea, el blanco desmaya, muere todo, y un pardo cielo se extiende por el universo, cuando no permanece visible en el horizonte sino un gigante retinto, que, cual vencedor del mundo, se queda dueño del oscuro anfiteatro. " Otras veces, las dos terceras partes del cielo han sido barridas por el dragón del Apocalipsis, se mueve la cola de parábolas inmensas y la bóveda inconmensurable queda limpia; en medio de un fulgor vago que ya no es luz y aún no es oscuridad, las estrella de la tarde principia a rutilar casi perdida en el océano violáceo de altura y extensión superiores al más profundo pensamiento. Tal cual nubecita que habrá sido rubia o purpurina media hora antes, está colgada del otro hemisferio como un pañal del Niño Jesús, o alma puesta allí para doce horas penitencia. No hay poesía superior a la bóveda celeste; los cantos del poema universal están estampados allí en las nubes en forma de jeroglíficos grandiosos, empero así los idilios de Gessner, como los poemas de Homero, se desvanecen y pasan como la fantasmagoría de un sueño...."