Eloy Alfaro tuvo un rol protagónico en las luchas de Manabí. Al respecto, el Comandante de Armas en una de sus declaraciones dijo "La causa del pueblo, que es la causa de Dios, nos ha puesto a la cabeza de la revolución, la cual tiene por objeto exhibir radiante el pendón del gran partido liberal, republicano y democrático"
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Bajo este epígrafe, en 1929 el Dr. Wilfrido Loor Moreira publicó un opúsculo en la imprenta de la “Prensa Católica” de Quito, con el precio de un sucre cada ejemplar. Dicha publicación decía: "Primeros movimientos en Manabí"
“PRIMEROS MOVIMIENTOS EN MANABI”
Sigamos con la campaña. Don Eloy al acabar de describirnos la organización de su ejército recuerda su plan general y advierte que si llegaba siete días antes con su Alajuela a Manabí, la primera tropa de Caamaño se habría rendido sin resistencia y no hubieran acaecido los trastornos que venimos narrando. Estamos conformes, y ello confirma la importancia del combate naval de Tumbaco.
Con el propósito de coger al enemigo desprevenido, y sin defensa, por el lado opuesto a sus trincheras, la marcha a Portoviejo debía principiar la mañana del 29 con el mayor sigilo y la mas grande celeridad posible. 5 o 6 leguas de distancia cree Alfaro fáciles de recorrer en avance rápido: los vecinos no descubrirán nada nada al enemigo, si no apoyan la revolución tampoco les serán hostiles, guardaran neutralidad. Pero una cosa piensa el hombre y otra esta en los destinos de la providencia; el primer inconveniente al momento de la marcha es la falta de cabalgaduras, el segundo la no sobra de disciplina, y el tercero nuevas rivalidades, celos, entre los dos jefes Medardo y Juan Francisco, Medardo era de clara inteligencia, valiente, pero muy dado a la embriaguez; con este motivo Don Eloy, aunque también muy amigo por esta época de alzar el codo, no miraba bien que lo hicieran otros ; y en su cariño daba preferencia a Centeno, oriundo de Charapotó; no muy de alabar por el entendimiento y por el valor, pero de costumbres austeras y honrado, tan honrado que pudiendo medrar en la política no lo hizo y murió pobre como había vivido. Esta justa preferencia no la sufría Medardo e irritado contra ella fue su actitud causa de que inconscientemente estorbase el plan de ataque tenido en mente por su hermano el caudillo.
A las diez de la noche (del 28) acampo don Eloy cerca de los barrancos del rio; en Gallinazo, a poca distancia de Picoaza, con apenas unas 5 leguas de recorrido. ¡Y había pensado estar a tal hora en Portoviejo! Las rivalidades se lo habían impedido. Con enemigo afuera y enemigo en casa, ensueño presidencial se desvanecía. Castigar a los culpables del retraso de la marcha no era ni para pensarlo; porque tenía que principiar la justicia por casa, se disminuían las fuerzas para el ataque y podía darse la señal o el pretexto para que comenzase la desbandada de la gente. Si había entusiasmo para la lucha, el severo escarmiento podía cortarlo; si no reinaba ese entusiasmo, el grupo revolucionario estaba en impotencia de obligar a los suyos por la fuerza a cambiar. El dilema era terrible. El perdón el mejor camino.
Al amanecer del 30 de noviembre ocupo Alfaro Picoazá, no ya con la intención de caer inesperadamente sobre el enemigo si no con la esperanza de entrar diplomáticamente a Portoviejo. En el mismo día una de sus avanzadas es derrotada en “Las Piedras” por varios jinetes del gobierno del “Escuadro Sagrado”, que al mando del coronel Emilio Solórzano se dirigían a Picoazá, por el camino de Papagayo, ignorando la ocupación de esa plaza por el enemigo. ¡Cuánto descuido en las tropas del Gobierno! Confiar en el apoyo de Dios sin emplear los medios de previsión al alcance de nuestro entendimiento no es confianza cristiana si no temeridad o fatalismo musulmán.
Alfaro dice que la derrota de su avanzada acaeció en el negrital y que hubo de su parte un muerto; sentimos contradecirle, pero el encuentro fue en “Las Piedras” y no hubo ni una baja: los revolucionarios emprendieron las de Villadiego a los primeros disparos con un solo herido. Como el caudillo escribió su folleto en el exterior incurre con frecuencia en errores.
Desde el nuevo campamento, el cabecilla de la revolución envía a las tropas de García y Guedes esta nota con Pedro José Zambrano:
“Ecuador.- Suprema Dirección de la Guerra, Cuartel General en Picoazá a 30 de noviembre de 1884. A las autoridades civiles y militares de la plaza de Portoviejo.- Deseoso de economizar el derramamiento de sangre ecuatoriana, voy llevando con lentitud las operaciones de la guerra, y llevándola a cabo conforme a las leyes de la humanidad y civilización. Por tanto, intimó a Uds. La inmediata rendición de esa plaza, ofreciendo garantías a todos los empleados civiles y militares de ella, y pasaporte a todos los que quieran salir de la provincia. Si no se admite esta intimación, exijo que sean colocados fuera de peligro los ciudadanos que están ahí como presos políticos. Deber ineludible de Uds. Es convocar a los padres de familia, para deliberar lo conveniente. Aun durante el cómbate usare de clemencia y generosidad, y por tanto no fijo plazo para la rendición de la plaza, para que cada cual opere como lo tenga por conveniente. Libertad o muerte. Eloy Alfaro. ”
Se dice que el recibo de esta comunicación Guedes quiso rendirse y que tenia ya el oficio escrito cuando llego el gobernador García, quien hizo desistir del propósito. No nos merece crédito el dicho. Tenemos a Guedes por valiente sin que a ello obsten ciertos movimientos instintivos en los momentos de peligro (como en el Cerro de Hojas) que mas son obra de los nervios, en los que el hombre no manda, que del alma. Muchas veces del que va temblando el combate es más valiente que el que va sereno, porque dobla su energía triunfando de si mismo antes de vencer al enemigo. Como se leyesen antes las tropas la propuesta de Alfaro, estas respondieron que no se rendirían, que Alfaro tomase la plaza a la fuerza. Ante tal actitud, García contesto a las 3 ½ p.m. la nota precedente:
“Señor Eloy Alfaro.- Noviembre 30 de 1884. Las ordenes terminantes del supremo Gobierno son de restablecer el orden en esta provincia, en consecuencia, y para evitar males incalculables, en particular el derramamiento de sangre hermana, intimo a Ud. La rendición de las armas, prometiendo la misma clemencia del Gobierno constitucional a los que se acojan a ella.
Hago a Ud. Y a los suyos responsables de las consecuencias, en el caso no esperado de verme abrir operaciones. Los presos políticos estrictamente vigilados serán tratados conforme a las leyes de la humanidad y civilización. Vuelva a Ud. Una mirada a esta desgraciada provincia y la actitud de toda la república; y economice lagrimas y luto al país.- Dios guarde a Ud.- José Antonio María García.”
COMBATE DEL PRIMERO DE DICIEMBRE.- El combate era irremediablemente. Las tropas del Gobierno, unos 600 hombres sobre las armas, hicieron de la plaza Central de Portoviejo una fortaleza.
Para entender las operaciones militares demos los nombres que a las calles puso el consejo de los Reales Tamarindos, el 17 de septiembre de 1884.
La calle frente a la Catedral y al edificio de la Gobernación. “Sucre”; la paralela a ella hacia el frente, “Bolívar”, y la demás allá, cerca al rio, “Colón”. La paralela al mismo templo de la catedral, hacia atrás, “Córdova”; la que le sigue, “10 de Agosto”. Y verticalmente: la que pasa por el lado derecho de la Catedral y frente a la iglesia de la Merced, “Ricaurte”; por el mismo lado derecho, la calle paralela que sigue, “Orden” (hoy Chile), la otra, “Libertad” (hoy 18 de Octubre), y la ultima, “Pacheco”. Esta cerraba la calle “sucre” hoy abierta frente al edificio de la independencia. Por el costado izquierdo de la Catedral las calles eran, y son en la actualidad, “Olmedo”, “Morales” y “Rocafuerte”, esta ultima conocida con el nombre de calle nueva. Mencionaremos en fin la calle “Mejía” que principia en el rio y cierra en la calle Bolívar entre Rocafuerte y Olmedo.
Tomada la plaza como reducto se acuarteló el grueso de la reserva en el Cabildo, entre Bolívar y olmedo, cuya planta baja servía de cárcel por la época de nuestra narración. Atrincherándose este edificio con maderos gruesos que resistieran la golpe de las balas , y en la esquina ,donde se cortan las calles , se hizo una trinchera o excavación de tierra de un metro de profundidad como para quince hombres , que debían defender por el un frente la calle “ Olmedo “ y por el otro la “ Bolívar “ .
En la otra esquina, junto al entonces mercado, entre Olmedo y Sucre se hizo otra trinchera para defender las dos calles.
La esquina de la plaza , frente a la catedral quedo sin fortificarse ; pero en la calle siguiente entre Ricaurte y Córdova , donde hoy esta el cuerpo de Bomberos y estaba en ese entonces la escuela de Santa Teresa de mujeres , en los altos , y la escuela de San Luis Gonzaga para varones, en los bajos, se coloco al “ Escuadrón Sagrado “ que lo componían en su mayoría milicianos de Pajan.
En la otra esquina de la plaza frente a la Iglesia de la Merced se hizo otra trinchera. Mas trincheras: una en la esquina de las calles Córdova y Orden para proteger un frente del Escuadrón Sagrado ; otra en la calle Sucre ; otra en la calle Sucre , entre Orden y Libertad ; otro frente el cuartel N. 2 en la calle Bolívar , cuartel situado en el mismo sitio que hoy ,entre Chile y 18 de Octubre ; tres en el Puerto Real al final de la calle Orden para precaverse de ataques por el rio ; tres al terminar la calle Ricaurte , con el mismo fin , y una en le entonces puerto de Las Cañitas , en la calle Colon , entre Ricaurte y Olmedo.
La organización de la tropa era : Primer Jefe coronel don Cesar Guedes; comandante de Armas Accidental de la Provincia , comandante Julián Bodero: su unidad se le encargo la defensa de la calle Córdova y la entrada del rio por la calle Colon ; primer jefe del batallón Paján , Daniel Andrade , hermano del doctor Camilo Andrade , quien con su gente reforzó otra compañías en los altos de Santa Teresa , en el Cabildo y en las barricadas frente al cuartel : se coloco a un pequeño número de hombres , al mando del Capitán Vélez , en el palacio episcopal , sito en la calle Sucre entre Olmedo y Morales. Este desparramiento de los milicianos de Paján dio asidero a la creencia, difundida entre alfaristas, de que a este cuerpo se lo había repartido entre gente para obligarlo a combatir contra su voluntad. Al Regimiento de Chone y Calceta , al mando de Pazmiño Y Granja se le encomendó la defensa de las lunetas en el Puerto Real ; las contiguas en el puerto llamado de los “ Ceballos “ , al fin de la calle Ricaurte , se las encomendó al sargento mayor graduado M. Leopoldo Terán . El regimiento de Rio-chico, a las órdenes de Pedro Zamora, vigilaba un paso del rio.
Parecía locura de Alfaro, pretender atacar con guerreros improvisados , mulatos, negros , colombianos , dos o tres gringos, y pocos manabitas en su mayoría de Chaporoto y de la cosa norte , a tropa en parte veterana que ocupaba mejores posiciones y tenia mayor número de soldados , pero no le quedaba otro camino, esperar era ponerse en condiciones más difíciles por dos grandes motivos : porque sus partidarios animados por circunstancias momentáneas sin combate inmediato se desbandaban , y porque dejando correr el tiempo el Gobierno se reforzaba aun mejor con elementos de Guayaquil . No obstante los Jefes defensores de la plaza tenían miedo, y los atacantes creían seguro el triunfo. No se le puede negar a Alfaro talento para infundir terror al enemigo, y llenar el pecho de los suyos con la ilusión de la victoria. Al pasar revista en Picoazá subían de cuatrocientos los individuos dispuestos a morir por el. El miedo de los del Gobierno no dejaba de tener razón: estaban las tropas escasas de municipios y estas no llegaron a Portoviejo sino el 30 de noviembre a las 5 de la tarde, cuestionadas de Jipijapa a Lodana por el “Escuadrón Chone” y de Lodana Portoviejo por los Escuadrones Chone y Riochico.
De las Familias, unas abandonaron Portoviejo en la tarde del 3 de noviembre, otras cavaron hoyos en la tierra para protegerse contra las balas. Don Eloy levanto el campamento de Picoazá a las diez de la noche y tomo con el grueso del ejército la dirección del camino de Rocafuerte para atacar a Portoviejo por el este. Marchaba paso a paso. El capitán graduado Julio Moreira que había obtenido su ascenso en Guayaquil el 83, iba a la vanguardia con 8 hombres. Le seguía Sabando con la columna Portoviejo; el Esmeraldas pisaba a este los pies, y atrás alineabase el resto de la tropa. Durmió la tropa en el camino. Antes de la marcha habíase despachado otro pequeño grupo de 25 hombres, al mando del capitán Ángel Barreiro para que distrajera y engañara a la gente del gobierno haciendo disparos a Portoviejo por el oeste, desde el pie del cerro del ferrocarril, de una pequeña llanura, en donde se reúnen las aguas en invierno formando un torrente impetuoso que desemboca frente al puerto del Mamey y que día a día, disminuye el caudal por el descuaje de la maleza y consiguiente disminución de las lluvias. Esa llanura seca en verano y mucho mas en diciembre era conocida por “Monte Santo”, tomada la palabra como nombre de una planta y no como elevación del terreno. En la noche, que era muy clara, desde las diez no cesaron los tiros desde este punto, pero arreciaron; se fingió ataques, a las dos, a las tres y a las cinco de la madrugada.
Las tropas del Gobierno continuaron en sus trincheras; presumían que Alfaro entraría por el lado opuesto, esto es por el cementerio, por serle el sitio naturalmente protegido y de fácil retirada en caso de derrota. Pero continuaban los amagos por Monte Santo, a las cinco y media de la mañana del 1º. de Diciembre un grupo de la artillería Sucre llevó el cañón al puerto Mamey o caída del río por la calle Pacheco.
Alfaro levanto el campamento del camino, en donde durmiera, en las primeras horas de mañana del 1º. De Diciembre y ocupó sin ser visto el centro de de un terreno desmontado, como de dos cuadras de extensión, entre el cementerio y la primera línea de casas de Portoviejo.
La orden de ataque era: la una parte del Pichincha, con Medardo Alfaro, por el colegio Olmedo, quemado el 17 de Enero de 1925 en la calle de este nombre entre Bolívar y Colón; la otra parte al mando de Sabando por la vega, hoy de don Salvador Molina, que por esta época caía al río por una calle transversal partiendo la calle nueva, el Esmeraldas desde el cementerio por las calles Sucre y Córdova; detrás de éste cuerpo, para apoyarlo, la columna Rocafuerte; por el camino real de Pichota , a la calle Morales, el Coronel Centeno con un pequeño escuadrón de rifleros. Den el centro del terreno desmontado, Alfaro dirigiendo el combate.
Las tropas del Gobierno, distraídas por el tiroteo hacia el lado contrario, no se dieron cuenta en los primeros momentos, del ataque. Pero gente del Escuadrón Sagrado en los altos de Santa Teresa dio el primer grito: el enemigo!, cuando este se dejó ver, por imprudencia de Antonio Mogrovejo, teniente de Alfaro, a dos cuadras de la Plaza; tras el edificio de don Tiburcio Macías, entre las calles Morales Y Córdova. Inmediatamente se rompieron los fuegos, pocos minutos después de las seis de la mañana. El cañón del puerto de Mamey, cuando apenas había dado tres tiros, fue traído rápidamente a la plaza y colocado frente a la Catedral, donde presto grandes servicios, no obstante las molestias de lavarlo, sobarlo y limpiarlo después de cada disparo, llenar el tubo de piedras, vidrios y cosas parecidas y prender fuego a la mecha para inflamar la pólvora, total diez minutos de cañonazo a cañonazo.
Trasladamos con imaginación a aquel día y hablemos de presente.
Se combate tras las calles y tras las casas, las que por su pared de caña guadua no prestan amparo contra las balas. Medardo Alfaro ataca con vigor, Zenón Sabando aparece en los primeros momentos por el río del lado del Olmedo, pero por falta de parque abandona el puesto en los precisos momentos en que la calle por él atacada la desocupan las fuerzas del Gobierno; va a combatir el Esmeraldas donde tiene pertrechos a la mano. No creíamos que don Zenón fuese tan valiente, Centeno llega con los suyos hasta una casa, (de mamita Chomba, nombre cariñoso de Isabel) fuera de la ciudad, entre potreros y cereales, al fin de la calle Olmedo en el lugar donde un palo fijo en tierra, verticalmente, señala el término de una legua en el camino que va de Portoviejo a Rocafuerte. Grupos derrotados se dejan ver por aquí, pero desaparecen con rapidez. Media hora de combate. El fuego es graneado. El ruido de tres ametralladoras, un cañón y la fusilería es grande: no permite ni oír el toque de las cornetas. El esmeraldas combate con valor; algunos cadáveres yacen en el suelo. Medardo es herido en el brazo y se da de ello aviso a don Eloy. Este imagina que la herida es de mayor gravedad y avanza al frente de batalla. Cae la flor del Esmeraldas. Roberto y Genaro García, Flavio Palacios, Pico Sepúlveda, Vengochea luchando con arrojo digno de mejor causa, pecho al frente sin saber donde esconderlo. Don Eloy encuentra a Sabando, le da orden por donde debe combatir, y este obedece: con el ayudante Agustín Solórzano manda el mismo don Eloy a decir a Centeno que ataque, pero Centeno parece no oír la orden por donde debe combatir por que el ruido lo tiene un poquito sordo. Sepúlveda a cargo de quien corre desde el principio la ametralladora, el herido y de prevé su reemplazo. El caudillo revolucionario esta en todas partes. Han avanzado una manzana sus tropas. El capitán Nicanor Gómez, de los alfaristas, cae para no levantarse frente a la casa del mico Santillo que cierra la calle Bolívar en la Rocafuerte. Los fuegos del Gobierno decrecen, pero el cañón desde la esquina del mercado barre la calle del cementerio. Dos ametralladoras de los constitucionales, colocadas sobre ruedas, causan destrozo; pero el alfarista Vengochea apuesto la suya “Gattling”, en su trípode a 50 varas del adversario en la esquina de las calles Sucre y Olmedo y, haciéndola girar por todos los costados, no cesa con sus fuegos. Eloy Alfaro en su temeridad llega a caballo hasta donde Doña Ramona de Artuna, en el cruce de las calles Olmedo y Córdova, y deja oír su grito favorito: “adentro muchachos”.
Del Escuadrón Sagrado le hacen descarga pero no le llegan. Parece que una mano providencial lo protege para castigar ala Ecuador desde el 95. Los amigos lo obligan a que se retire y lo hace mas a la fuerza que de buena voluntad. Manda Don Eloy a tocar dianas porque los suyo9s se esparcen ya en la población y cree la victoria segura pero no ah llegado la hora del triunfo en el reloj de los inescrutables designios. Alfaro tenía aun que padecer y sufrir mucho en el cuerpo, en el alma, en los bienes, en la honra para tocar con los dedos el sueño dorado de su vida entera: El sólido Presidencial.
Su tesón y valor en la defensa de una mala causa debía ser acicate y ejemplo para esos seres que imaginándose andar por el camino del bien duermen satisfechos, como sobre laureles, creyendo que dios a de hacer lo que la pereza de ellos no hace; que vendrán los milagros y lloverá mana del cielo.
Insensatos. Dios defenderá sus derechos aunque sea deteniendo el sol en su carrera, pero la pereza o la a cobardía disfrazada de prudencia es pecado y Dios la castigará: la inteligencia es para ejercerla en defensa del bien, no para dejarla morir enmohecida en el fanatismo de Mahoma con su Alá. Pero no perdamos de vista el combate. Lods dek Gobierno se creen perdidos, tienen ya caballos listos en la casa del cabildo para la fuga de sus jefes. El Gobernador García, que ve desmoralización y contempla desplomarse cadáver, bajo la casa episcopal al subteniente Garcés, y herido en la pierna al teniente coronel Salomé Martínez, sale al combate en mangas de camisa con una carabina, y anima a las tropas. Estas que lo ven, tienen vergüenza de correr; porque, tomando para lo chico la imagen de lo grande, no hay quien vuelva las espaldas al adversario cuando Napoleón pasa él primero el puente de Ancola. El sargento mayor graduado Apolinario E. Segara se introduce en nuevo ataque por las cercas que quedan atrás del palacio episcopal, y hace fuego sobre la ametralladora de Alfaro: cae uno de los que cargan el trípode de de ésta, cae otro. Palacios que carga la alimentadora es herido en brazo y pierna. Roberto García que ayuda a Palacios, prudentemente se retira. El montecristense Domingo Pico quiere manejar la ametralladora, y al pretenderlo deja junto a ella el último suspiro. Fidel Andrade quiere sustituir al caído y disparar, pero ve la vida cerca de la muerte y huye llevándose la manigueta para inutilizar la terrible arma que fue comprada para matar a los leales y está a punto de servir para matar a alfaristas. La ametralladora está sola. Si hubiese tenido ruedas, los revolucionarios no la pierden; pero está sobre trípode, pesa tres quintales cuando menos y no hay quien se atreva a ponerla sobre los hombros ante el fuego enemigo. Ni lo alfaristas se acercan a ella, ni los del gobierno se atreven a tomarla. Entre tanto, Agustín Solórzano, que regresa de cumplir una orden de su caudillo, encuentra soldados del adversario en punto donde a la idea estaban los amigos. “Nos cortan” dice, y con la rapidez del rayo se propaga ese dicho. Como a la fuerza de Centeno que deben atacar no se les ve, corre la voz de que han sido arrolladas por los constitucionales. Principia el desconcierto. Un toque de corneta acaba con el orden. Eloy Alfaro no pierde la serenidad. Con gente de Rocafuerte refuerza la línea en que maniobra el coronel Sabando, pero ya nadie obedece. Por otro punto, Marcos Alfaro increpa al coronel Centeno con palabras fuertes, el porqué no ataca por donde se le ha ordenado; éste se dispone a hacerlo pero ya es tarde: Las fuerzas del centro se desbandan. Medardo Alfaro intenta, ciego de coraje hacer entrar la gente al combate, a golpe de plan, pero nada obtienen. Don Eloy ordena al capitán Garrido toque de reunión, más todo es inútil. La derrota se ha declarado. Los del gobierno que ven huir al adversario en momentos que ellos se preparaban hacerlo, porque se les había roto la cureña del cañón e inutilizando las dos ametralladoras, no creen en el triunfo: Imaginan que se les juega una estratagema para sacarlos de sus trincheras y no se atreven a perseguir al enemigo. Son las nueve de la mañana. En tierra hay como unos cincuenta cadáveres, de ellos unos catorce del gobierno y el resto de los de la revolución, lo que se comprende porque estos combatían descubierto y aquellos tras parapetos. Los alrededores quedan sembrados de fusiles y bayonetas cortas de tres filos, que abandonan los vencidos en su fuga.
Convencidos Guedes y García que la derrota era verdadera, y no fingimiento, salieron de sus trincheras y lo primero que tomaron fue la ametralladora abandonada: dejaron pasar una hora, para cerciorarse del triunfo y despacharon una escolta considerable a caballo al mando de Daniel Granja. Pazmiño, Giraldo y del mismo García para perseguir a los fugitivos. Como es natural no dieron con ellos, porque los más ligeros estaban ya en lugar seguro y las partidas retrasadas se escondían. Regresaron los perseguidores con la noticia de que los derrotados habían pasado por Rocafuerte, dirección Charapotó. Y no se equivocaban. Don Eloy había hecho alto a media legua de Portoviejo para reunir a los dispersos. Llego a Charapotó. A eso de las tres de la tarde como con cincuenta, y a poco con el coronel Centeno y diez más siguió a Bahía en donde estuvo a las ocho de la noche.
la causa principal de la derrota de Alfaro fue el haber perdido la plaza, y después de la negativa de entregársela a esperar quince horas para el ataque, dando tiempo al enemigo para que se atrincherara y lo que es peor aún a que recibiera el refuerzo de municiones que le llegó a las cinco de la tarde. Dado el combate el día anterior hubieran luchado los dos adversarios en iguales condiciones, a cuerpo descubierto.
¿Quiso evitar el sacrificio de víctimas inocentes? No lo evitó; dos señoras y dos niñas, entre ellas doña Juana Ponce setenta octubres y señorita Ana Macías, quince abriles, fueron muertas casualmente por las balas en la tres horas del tiroteo, la segunda con un tiro en la frente en el momento que sofocada por el calor de la trinchera sacara la cabeza para tomar aire fresco. En casos apurados y en poblaciones de apenas dos mil almas que no tendría más Portoviejo, las familias ponen con facilidad sus vidas a salvo, en media hora. El retardo en el ataque habla mal del talento militar del talento militar del caudillo. En la lucha, Alfaro mostró un valor rayano en la temeridad con el esmeralda y parte del pichincha, pero no tuvo apoyo. Centono no enumeraba siquiera un herido. Si este jefe ataca por las calles Morales distrae al enemigo y le impide que caiga con el grueso del ejército sobre las fuerzas del cementerio. Téngase en cuenta también que entre el cementerio y la calle Morales, los cercados y la maleza con sus florones impedía las maniobras de la caballería y el libre movimiento de la infantería, motivo que obligó a los atacantes a amontonarse y a ofrecer mayor blanco, por las especialísimas circunstancias del terreno en que se luchaba. Pero aún con esta circunstancia desfavorable, añadida a la falta de Centeno, la victoria hubiera quedado por Alfaro, si la tropa de éste no se asusta por los tiros a retaguardias contra una pequeñísima avanzada: Este susto se explica porque la gente era colecticia, no veterana. La derrota antes que obra de las armas adversarias fue efecto de fantasmas formados en la imaginación.
Corrió también el rumor de que el 30 de noviembre, Alfaro dijo en Picoazá a gente de su confianza que haría tocar retirada para sacar al enemigo de las trincheras, aprovechar ese instante para que ataque Centeno y coger al enemigo a dos fuegos; pero ni las tropas abandonaron las trincheras ni Centeno atacó, y el amago de retirada fue verdadera derrota. Esta interpretación no nos parece aceptable, pero carecemos de fundamentos para negarle de modo rotundo.
Igual desconfianza nos merece la opinión, de que Alfaro tomó a sus ordenes un corneta de los del gobierno que le había prometido ser fiel, corneta que en momentos que se derrotaban los constitucionales le tocó ataque animándolos así a poner el pecho donde tenían las espaldas.
De parte de los del gobierno se portaron valientemente, el capitán Jácome que manejaba una ametralladora, el capitán Pérez que manejaba la otra, Cegara Martínez los pocos pajaneños al mando del capitán Vélez en el palacio episcopal, y se cobre todo el gobernador García quien fue quien dio la victoria. Merece especial mención el Dr. Daniel Cellery, capellán de la tropa, quien en lo recio del combate cumplió a conciencia su sagrado ministerio desafiando las balas.
Prisioneros hubo pocos, y esos que pudieron ser numerosos, porque con la rapidez que pasaron los hechos permanecieron muchos alfaristas después de la fuga, e ignorándola, dando fuego del interior de las casas; más los vencedores, perdidos los estribos, no los capturaron.
Alfaro asegura que los venceros mancharon su victoria asesinando a los heridos, calumnia grosera a todas luces; pero la verdad sea dicha no procedieron a dar a los muertos sepultura de católicos, sino de paganos: guerrillas seguidas de muchachos con sogas se encargaron de recoger los cadáveres, arrastrarlos y reunirlos en montones de dos metros de largo por un metro y medio de alto a los que prendieron fuego, a las once del día, cortando previamente el talón de los cuerpos sin vida para que por ahí principiase a inflamarse la grasa del organismo humano. Para exagerar las bajas de los vencidos se dice que mesclaron entre los alfaristas algunos de los del gobierno. Fue una vergüenza que resucitasen las piras de la antigua Roma los mismos que se jactaban del nombre de cristianos. Los muchachos de la ciudad se divirtieron ante el espectáculo de los cuerpos de sus semejantes reduciéndose a carbón. No era difícil dar ejemplo de caridad cristiana, hacer una fosa común y enterrar a todos respetando su despojos mortal. El hecho es tanto más censurable cuando que la mayoría de los alfaristas se jactaban de católicos y lo eran, al menos de nombre. A los cadáveres de los constitucionales si se dio sepultura cristiana.
De los prisioneros Alfaristas, los de mayor importancia fueron, Proaño, el peruano Cruz y Adolfo Pinillos. Este último era joven de 28 años, de regular estatura, blanco, más delgado que grueso, de pelo ondeado, con fama de orador, literato y poeta, de ideas radicales llevadas a la exageración; hacia de Alfaro un ídolo y lo llevaba consigo siempre en retrato; por hallarse herido en la pierna no pudo huir y lo hizo prisionero un oficial de apellido Terán, al que, cuando lo encontró, respondió con mucha altanería. Arrepentido de sus errores, murió algunos días después de la derrota de los suyos, en el hospital de sangre preparado después del combate en el palacio arzobispal. El Doctor Daniel Céllery fue quien trajo esta alma al seno de la iglesia para hacerla morir con todos los auxilios de la religión cristiana.
Los Alfaristas aseguran, que a Pinillos, por descuido, le cayó gusano en las heridas y que de ello y no por ello murió; que García amenazó al doctor Elías Falconí con 50 latigazos si le prestaba su asistencia médica. Ni afirmamos, ni negamos. Queremos solo se tome en cuenta, que los combatientes liberales, en su gran mayoría, se preciaban del nombre católicos; y que entre los que defendían al gobierno habían muchos, casi todos, que lo eran también solo de nombre. Algunos creían indiferentes combatir en un bando u otro. Antonio Mogrovejo, Serrano, deserta de las fuerzas de gobierno, se va a Picoaza a combatir por Alfaro y encuentra la muerte en el combate. Manuel Terán, manabita, lucha en “El Salto” por la revolución, derrotado viene a Portoviejo a combatir por el gobierno. De esta amalgama de hombres e ideas había de aprovechar el liberalismo para entronizarse en el Ecuador, años más tarde, sin resistencia, y hasta ayudado, por quienes tenían al ineludible deber de resistirle.
Los jefes tampoco eran dignos de alabanza por la firmeza de ideas. De Guedes por ciertos abusos, si o no verdaderos, de ingrata memoria en Manabí, refiere Alfaro que se pronunció por él en Esmeraldas el 15 de octubre de 1880. Hallándose de intendente de Guayaquil murió en febrero del 86 a consecuencia de un tumulto habido en esa ciudad.
Al doctor Camilo Andrade lo vemos encabezar la revolución del 95 por Alfaro, en el acta de Jipijapa del 13 de junio.
En la misma revolución del 95, en el Acta de Chone de 5 de mayo, un mes antes del grito de Guayaquil, don José Antonio García fue proclamado Gobernador Civil y Militar de la provincia, hasta tanto viniere Alfaro a regir los destinos de la Patria. Gran numero de jefes y soldados que el 84 defendieron al gobierno siguieron este camino; pero García llegó al cinismo, a que otros no llegaron, de calumniar vilmente al santo obispo ilustrísimo Pedro Schumacher porque le reprendía en su vida escandalosa, viejo y achacoso por el asma, murió en su pecado, repentinamente, en Junín, en pleno goce del liberalismo, que no lo ponía óbice al mantenimiento de una concubina y hasta de un serrallo si lo hubiera querido y lo fuera posible.
EL CORONEL COMANDANTE DE ARMAS DE LA PROVINCIA
A LOS PUEBLOS DE MANABÍ
CONCIUDADANOS!
La causa del pueblo, que es la causa de Dios, nos ha puesto a la cabeza de la revolución, la cual tiene por objeto exhibir radiante el pendón del gran partido liberal, republicano y democrático.
Teniendo convicción profunda de que el gobierno que actualmente existe en la república no ha podido ni podrá jamás mantener incólumes las libertades patrias, hemos venido en desconocerlo, como en afecto quedó desconocido por el acta sancionada el 15 de los corrientes en la ciudad de Montecristi.
Podéis contar con todas las garantías que os brinda la República; y hoy podéis lisonjearos de ser ciudadanos libres.
Compatriotas!
Volad á las armas. La causa que defendemos es Santa y Justa. El Santo derecho de insurrección es una preciosa garantía de la cual debe hacer uso el pueblo cuando se encuentre oprimido. No hay contemporizar con los enemigos de la nación.
Ecuatorianos!
Os felicito en nombre de la patria, y ella os contempla agradecida a través de nuestra presente generación, que queda iniciada desde hoy.
¡Viva el gran partido liberal! ¡Viva la República!
Juan F. Centeno
VERSIÓN DEL GENERAL ELOY ALFARO
EL FRACASO DE SU ATAQUE A PORTOVIEJO
TOMADO DE “RELACIONES HISTÓRICAS Y GEOGRÁFICAS DE MANABÍ” TOMO IX DE TEMÍSTOCLES J. ESTRADA
“Refiriéndose al combate de Portoviejo, dice el General Eloy Alfaro: “Al rayar la aurora del 1 de Diciembre, continuábamos la marcha en busca del enemigo. Este, aunque superior en número, se componía en su mayor parte de gente forzada o engañada; y la diferencia en su favor, de las trincheras, equilibraban ventajosamente el entusiasmo y decisión de mis compañeros.
Al acercarnos á Portoviejo, había por nuestro lado derecho, una línea de cercados que llaman potreros. Dispuse que dos guerrillas de ocho hombres cada una con buenos oficiales y dirigidos por un capitán que no recuerdo bien si fue el valiente Manuel Campos, se internaron en los referidos potreros, para que flaquearan la fuerte avanzada que suponía, apostada para defender o vigilar el acceso a la población por ese lado; y con la orden de que, si no encontraban obstáculos, penetraran á la ciudad, hasta encontrar al enemigo y distraerlo con sus fuegos.
El “Pichincha” llevaba la vanguardia. El enemigo no había apercibido nuestro movimiento, sin duda distraído por el tiroteo del lado opuesto. Allí ordene a los coroneles Alfaro y Sabando que marcharan con el “Pichincha” por un camino angosto que había a nuestra izquierda, avanzaran hasta que se colocaran hacia el norte, y atacaran por el costado donde está situado el Colegio “OLMEDO”. Desfiló el bravo “Pichincha”, y ordené al Coronel Sánchez que con su bizarra columna “Rocafuerte”, siguiera en pos de la vanguardia y se situara convenientemente para ayudarla cuando fuera menester.
Al coronel Centeno, le mandé que marchara de frente, por el camino real con el diminuto Escuadrón de los jóvenes rifleros detenerse y romper sus fuegos desde donde pudiera hacer diversión eficaz al enemigo, para distraerlo del lado donde iba a ser decisivo el ataque. El enemigo se hizo cargo de nuestra presencia, cuando ya estábamos sobre él, Yo tomé la dirección que llevaba lo principal de nuestras fuerzas, que ya habían iniciado el ataque, y dispuse que la ametralladora y el siempre invicto “Esmeraldas”, siguieran mis pasos. Me situé en la mitad de un terreno desmontado, como de dos cuadras de extensión, que había ente el Cementerio y la primera línea de casas para hacerme cargo de la posición de los combatientes. El “Pichincha” atacaba con vigor por el lado que le había indicado; y el Coronel Sánchez apostaba su gente en la cerca del norte del Cementerio, posición elevada que dominaba el recinto del combate. Noté á mi frente, una partida de soldados del enemigo, que no hacían uso de sus armas y que parecía querían venirse a nosotros, esa partida estaba contenida por los fuegos de una escasa guerrilla nuestra, situada hacia mi izquierda. Creyendo que esa gente trataba de pasarse, mandé á tocar “Alto al fuego”, y el fuego cesó. Avanzó un oficial seguido de unos pocos soldados y empezaron á hacer disparos sobre mí. Al ver esa felonía, ordené á mi corneta tocar “Ataque” y en el momento, volvieron los fuegos a recobrar su vigor. Llegó en esos instantes el “Esmeraldas”, y los lancé sobre la guerrilla aleve: cargó ese grupito del “Esmeraldas” con la bizarría de costumbre y en un instante pisaba el terreno que había ocupado el enemigo, el cual huyó en dispersión dejando tendido en el campo a uno de sus oficiales. Nuestra ametralladora comenzó a funcionar dirigiendo su puntería hacia la calle de plaza hasta que apagó los fuegos de una trinchera que había allí y después colocada en una esquina contra el edificio de la gobernación de donde contestaban con arma igual. Ocupada la primera línea de casas el combate prosiguió con ardor y de casa en casa. Pasada media hora comenzaron a declinar los fuegos del enemigo. Se me dio parte que mi hermano había sido gravemente herido. Fui entonces recorrer esa línea. Encontré al Coronel Sabando y le designé la dirección en que debía avanzar lo que puso por obra el momento. I al tener aviso de que el valeroso mayor Sepúlveda se encontraba fuera de combate volví al lugar donde estaba mi ametralladora.
El enemigo había colocado un cañón frente a la casa de gobierno, que hacia sus disparos por la calle que conduce al Cementerio. A medida que la resistencia declinaba, mis voluntarios avanzaban y se esparcían en la población. A la cabeza de uno de estos grupos, marcho e intrépido Mayor Vangochea.
Nuestro triunfo se presentaba ya como seguro y mande tocar diana. Poco después circulo la noticia de que las fuerzas del Coronel Centeno habían sido arrolladas. Con gente de “Rocafuerte” mande a reforzar la línea por donde maniobraba el valiente Coronel Sabando para forzar el ataque. Yo inspeccionaba ese lado, cuando mi ayudante Solórzano perdió su segundo caballo y lo mande en busca de otro. Regreso al instante con la novedad de que las fuerzas del centro se debandaban y ganaban la orilla del monte ; volé en la dirección indicada y me encontré con el capitán Andrade que, vienle en la dirección indicada y me encontré con el capitán Andrade que, viéndose solo abandonaba la ametralladora. Allí estaba también mi Ayudante Palacios, herido. Este al regresar de una comisión, viendo a Andrade solo en la ametralladora, se quedo con él para ayudarle a cargar las alimentadoras; y la pieza continua funcionando hasta que fue invalidado mi ayudante con dos palazos, uno en la pierna y otro en el brazo. En ese momento, vi que mi ala izquierda retrocedía en completo desorden hacia el cerro; me dirigí entonces hacia el cementerio desde donde combatía mi Secretario el inteligente y bizarro joven Pinillos a la cabeza de un pequeño a la cabeza de un pequeño grupo. Dile orden de retirarse al camino de Rocafuerte, y un instante después cayo gravemente herido y entrego a los jóvenes Sarria y Racines que le acompañaban su revólver, reloj y carabina. Incorpóreseme el capitán Garrido y le mande tocar reunión para reorganizarnos, mi cornete radiante de fatiga no tuvo aliento para hacerlo. Era pues ya un imposible reunir la tropa y restablecer el combate. El enemigo estupefacto n se daba cuenta de lo que ocurría y desde las posiciones que ocupaba contemplaba nuestra dispersión. El valeroso comandante Ciro Dueñas jefe del parque estaba ya solo también. Durante el combate había permanecido a mi vista con el parque que me facilito con celeridad. Le ordene que pusiera en salvo el resto que tenia aun cargado en las bestias el parque fue lo último que se retiro del teatro de combate. Mi ametralladora estaba montada en aparato trípode y se necesitaba de algunas personas para que la condujeran en hombros: no tenía gente, y hube por el pesar de abandonarla.
Me dirigí al punto donde había hecho la distribución de las fuerzas antes de entrar en combate por cuyo lado oía aun tiros. Encontré al Coronel Centeno que se había retirado en orden con su Escuadroncito y que desde ese lugar distraía al enemigo con sus fuegos.
A media lengua de Portoviejo hicimos alto y con nuestra fuerza convenientemente situada por si se presentaba el enemigo persiguiendo, nos propusimos repelarlo, esperamos un gran rato dando lugar a que se nos incorporaran los dispersos llegaron dos o tres solamente. La dispersión de los internados en el monte fue, pues, completa.
A las tres de la tarde llegaba a Charapotó con unos 40 o 50compañeros, entre estos, mi ayudante Palacios y dos o tres heridos más. Rendidos por la fatiga de la jornada, buscaron entre sus amigos y conocidos descanso y alimento hasta el siguiente día en que se incorporan de nuevo. Yo continúe para Bahía con el coronel Centeno y diez compañeros más. Llegamos a ese puerto a las 8 de la noche el citado día 1 de Diciembre.
Dos incidentes fortuitos causaron la dispersión ocurrida en Portoviejo: primero la falsa noticia de que la fuerza que mandaba el coronel Centeno había sido envuelto. Es incompresible la celeridad como vuela una buena o mala noticia, durante un combate. El segundo incidente de que hablo fue ocasionado por un grupo que había avanzado, demasiado; uno de los que lo componían hacia fuego tendido en el suelo, en la mitad de la calle: intempestivamente le hicieron una descarga de lo alto de una casa de atrás, alcanzando a quemarle el capote; el hombre sorprendido echo a correr y le siguieron los que le acompañaban. En el trayecto que recorrían les entro el pánico al oír la fatídica voz de “El enemigo nos corta” lo que era lógico creer, si Centeno hubiera sido efectivamente arrollado como se decía. La dispersión fue tan violenta e intempestiva que nos dio lugar a que se salvaran algunos que, por estar combatiendo desde el interior de las casas no pudieron darse cuenta de lo que ocurría en las calle, y cuando menos acordaron se encontraron abandonados, aislados y cayeron después prisioneros.
El desorden y el pánico se introdujeron en nuestras filas en el momento en que los del enemigo solo se sostenía débilmente y cuando la gente forzada que tenían había principiado a desbandarse o refugiarse en las casas sin hacer ya fuego. Esta circunstancia explica la razón porque no se atrevieron a destacar ninguna fuerza persecución de los dispersos; y a atrevieron a destacar ninguna fuerza en persecución de los dispersos; y a esto se debió el que salvaran todos los heridos míos que pudieron caminar.
Nuestras pérdidas en el ataque a Portoviejo fueron relativamente notables. Calculo que tuvimos de 15 a 20 muertos y doble número de heridos. No he podido aun adquirir la lista de todos los patriotas que ofrendaron su sangre en esa jornada desgraciada; y por eso, solo hago contaron los valerosos capitanes Nicanor Gomes y N. Mogrovejo Teniente Aurelio Vásquez y Sargentos Domingo Pico y Juan Proaño y entre los heridos, mi secretario el Dr. Adolfo Pinillos y Monroy Coronel Medardo Alfaro, Comandante Amador Rivadeneira, Mayor Gumersindo Seplbeda”