La belleza de la flora de Bahía
|
Bahía de Caráquez, una ciudad con una playa de extraordinaria calidad paisajística y notablemente divertida, por su extensa oferta de deportes como el kayak, surf, el windsurfing y esquí acuático.
Veinte jóvenes estudiantes de periodismo, decidimos emprender un viaje relámpago rumbo a Bahía de Caráquez.
Era sábado 5 de mayo, en la Terminal Terrestre de Portoviejo cogimos un bus de la cooperativa “Coactur”, exactamente a las 8:10 de la mañana. Nuestro destino: Bahía de Caráquez. El anhelo era conocer, disfrutar y olvidarse de las clases cotidianas. Hacer periodismo a orillas del transparente mar y la pálida arena climatizada por el sol.
Un clima relajado y fresco acompañó los 86 kilómetros, dos horas de viaje, que nos tocó recorrer hasta ingresar a Bahía, cabecera cantonal del cantón Sucre en Manabí. Desde la Puerta de la Nacionalidad Ecuatoriana, como es denominada, pudimos apreciar la especial geografía del lugar. Hacia la izquierda localizamos el cinturón montañoso de bosque seco y hacia la derecha el estuario afluente de la desembocadura del río Chone. Aspecto que le da a Bahía un perfil único.
“Le llaman la Puerta de la Nacionalidad Ecuatoriana”, por ser la tierra de los Caras, cultura que para algunos historiadores, fueron los primeros habitantes que llegaron al Ecuador. Fue el tema que platiqué con uno de mis compañeros de viaje, antes de arribar a esta mágica ciudad, llamada también “La Ciudad Sin Copia”. Si no saben por qué merece este nombre, sabrán después, cuando sigan leyendo mi crónica.
Bahía, ubicada en la parte norte del país, me sorprendió, como en otras ocasiones, por la sensación casi fantástica de vivir en otro tiempo. Al llegar a su pequeña mini terminal “Anselmo Vera”, junto al malecón, a las 9:45 de la mañana, en esta tranquila, placentera y limpia ciudad, que alberga casi 14 mil habitantes, nos nació la necesidad de quedarnos para siempre y olvidarnos del estrés traído de la convulsión de Portoviejo. Así, con estas primeras impresiones, continuamos nuestro paso, no sin antes escuchar algunas indicaciones de nuestra profesora de Crónica, Mirelly. Atendimos sus sugerencias, ella fue casi un guía de viaje, que no llevamos.
Bajo la suave brisa que nos cobijó ese día, Andrea, Yelitza, María Augusta, María Eugenia, Alicia, Víctor, Marlon, Patricia, Tatiana, Zaida, María Elena y otros compañeros, emprendimos el recorrido, subidos de dos en dos, en los llamados eco-taxis (triciclos adaptados para transportar personas). En uno de estos me instalé junto a una compañera; Andrea, ambas platicamos con Cristóbal Vélez, quien manejaba el triciclo. Gana cuatro dólares por hora. Además, cuando la temporada es buena, en feriado, se hace de 20 a 30 dólares. Cuando es baja, de 7 a 8 dólares.
Los señores tricicleros nos transportaron hasta la Oficina de Turismo del Municipio –a la altura del Hotel Las Piedras-. Antes de llegar, recorrimos siquiera unas 6 cuadras. En cada calle, como la Octavio Viteri, Carlos Estrada, Muñoz Dávila y calle Pedro Jaime; valoramos lo que es estar en esta ciudad ecológica, naturalmente mágica y dueña de una gran riqueza cultural e histórica que se aprecia en sus parques, en sus parterres con pequeños monumentos, en su arquitectura moderna con aire colonial, que nos introdujo a un mundo paisajístico, en un panorama que reposó y a la vez contó sus tradiciones.
Estuvo cerrada la Oficina de Turismo, pero disfrutamos la ida hasta allá. Luego continuamos planificando el atajo…
Ya a las 11 de la mañana, decidimos visitar El Mirador “La Cruz”, y, mientras algunos avanzaron hasta allá, unos cuantos nos estacionamos en el Complejo Pastoral “La Merced”, iglesia que el 2 de septiembre de 1912, un habitante de la localidad, Alberto Santos, la donó al Municipio del cantón Sucre. Este templo, en el que se puede escuchar música instrumental religiosa todo el día, tuvo una restauración después del terremoto de 1998 en la ciudad.
Más adelante, a pocos pasos, en la calle Fermín Cevallos, comenzamos a subir las primeras 42 escalinatas para llegar al cerro. Minutos después algo ocurrió, en la grada número 100, el cansancio nos invadió. ¿Cuánto más falta?, me preguntó mi compañera María Eugenia, “No sé, talvez cien o doscientos escalones”, le contesté. Claro que con nuestro estado físico demoramos en subir algo más de los 350 escalones que nos aproximaba al Mirador. Allá soñamos ir.
Llegué al Cerro “La Cruz” antes que mi compañera, después de subir otras 62 escalinatas. Estando allí, pude apreciar el estuario del río Chone, lleno de fragatas, de yates, y el cielo semejante de una mañana que recoge el cántico de las gaviotas sobre el mar Pacifico.
Después de admirar majestuoso espectáculo en El Mirador, emprendimos luego una tercera etapa del viaje, esta vez programamos subirnos a las pangas y hacer un recorrido sobre el estuario, para echar un vistazo a la Isla Corazón. Pero nuestra indecisión nos mató, aparte del hambre que teníamos. Fue así, que en vez de viajar por pangas, nos instalamos en uno de los restaurantes, en “Muelle 1”, para comer.
En este lugar, con especialidades bahieñas, como los ceviches mixtos de camarón, pescado y pulpo; degustamos del famoso viche de maní con camarón y del tradicional arroz con pescado. Con este aperitivo, ya a la una y media de la tarde, unos cuantos nos embarcamos en un taxi habitual, para que nos llevara a “Saiananda”, situado a la entrada de Bahía en el kilómetro 6 y medio en la vía Bahía-Chone.
Hasta esta reserva ecológica, nos jactamos que iríamos, fuimos, pero uno de los administradores del ecosistema nos dijo que no había atención sin previa cita, por lo que decidimos retornar a lo que también ansiábamos: la eterna playa.
Después de pagar 18 centavos en el bus de la cooperativa Ordina del Pacífico, 10 minutos más tarde, llegamos al malecón “Virgilio Raty”. Allí, ya nos fijamos, en medio de tantas calles que caminamos, de lo que es el balneario-malecón. En la rada interior, es un sitio para quienes deseen relajarse, trotar, o simplemente contemplar la naturaleza y a los bañistas que disfrutan de las aguas tranquilas del brazo de río. Hacia el Oeste en la rada exterior, lo que comprende el Océano Pacífico, la playa invita a formar parte de la naturaleza, a sentir su paz y la fuerza de un caído sol, que casi no asomó ese día.
En la acera del malecón están los establecimientos que venden toda clase de artesanías y comida típica de la bioregión en restaurantes como el Muelle 1, La Terraza, D´ camarón y Terraza Yanina. Hacia al frente encontramos los almacenes de compras, Internet cafés, cabinas de teléfonos, y hoteles como "Bahía Hotel", “Las Piedras” y Hostal “La Querencia”.
¡Qué ganas de visitar el museo, sitios arqueológicos, la tortuga “Miguelito” en la Eco escuela “Valverde”, cruzar la gabarra, para disfrutar de más extensión de playa, visitar la Isla Corazón!. Lastimosamente, el tiempo no nos dio, ni tampoco nuestro presupuesto. Para otra ocasión será.
A eso de las dos y media, ya todos estuvimos reunidos en la acogedora y pacífica playa, disfrutando del mar y la arena, asentados en las grandes rocas color melón; algunos charlando, riéndose, contemplando la naturaleza. Otros bañándose en las finas olas, cálidas y acogedoras que disfrutamos animosamente.
Muy pronto retornaríamos a Portoviejo, los eco-taxis (triciclos) nos llevarían hasta la terminal “Anselmo Vera”.
Andrea y yo fuimos las últimas en emprender la retirada desde la playa. Es que no queríamos perdernos los mágicos minutos de aquel sol que recién salía, y que pronto sería el ocaso que nos llevaría a nuestras casas.
El viaje de retorno fue corto, las bromas, las charlas y las risas disminuyeron, algunos íbamos dormidos.
Llegamos a Portoviejo a las seis de la tarde, en pleno atardecer, después de haber gastado entre 8 y 15 dólares, y después de admirar el encanto y el respeto que la gente tiene por Bahía de Caráquez: la “Ciudad Ecológica”, declarada así por la municipalidad del cantón Sucre, por medio de una ordenanza, el 23 de febrero de 1999, y que, después de sufrir los estragos de un terremoto que dejó toda una ciudad algo devastada en 1998, su gente se recuperó y reunió el coraje y la lucha suficiente para restaurarla. Con la ayuda de fundaciones voluntarias, como la “Planet Drum” de Estados Unidos y sobretodo con el apoyo de los nativos bahíqueños se ha convertido en la cuna del turismo nacional y en la ciudad Sin copia. Por ser única y luchadora.
Así terminó nuestro recorrido, con el entusiasmo que nos identificó, con la pluma y el papel, anotando la historia que después entregaremos en clase: “Crónica de un viaje a Bahía”. Las anécdotas, lo singular de esta ciudad, el quehacer periodístico que realizamos ese día, estarán presente no solo en unas hojas, sino también en nuestra memoria.