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miércoles 07 de noviembre del 2007
Desembuchar pescado, cotidianidad de muchos habitantes
Niños, jóvenes, adultos todos evisceran pescados
Un gran porcentaje dentro de los 12 mil habitantes que tiene la parroquia Crucita, se dedica a la pesca artesanal.


Son las cinco de la mañana del lunes 23 de abril. El crepúsculo recién asoma. Los espaciosos 13 Kilómetros de playa de Crucita “la Bella” aún lucen desolados, excepto por unas cuatro pangas llena de pescadores, quienes se alistan con sus atarrayas a capturar muchos peces para su posterior “desembuche” y venta.

A esa misma hora, en el sitio “Los Arenales” se percibe el delicioso olor de pescado frito que acompañado con un verde y café, Elena Calderón, le prepara a su hija Jerayna, de 7 años. La chiquilla se alista para degustar su filete, una “cuchara” que es uno de los tipos de pescado que cazan.

Julián Flor, el papá de Jerayna, se levanta un poco más temprano para emprender su faena de trabajo, cazar y eviscerar –extraer las tripas o intestinos- de los pescados. Oficio que lo realiza hace 20 años junto con Elena: su esposa. Ellos tienen otra hija, Jennifer, de 12 años, quien no estudia y se dedica todo el día a esta labor.

La pequeña Jennifer, asegura que es “bonito” el oficio. Se queda hasta las seis de la tarde “abriendo pescados”, en las covachas asentadas sobre la blanca arena. El dinero que pueda ganar lo coge su mamá. “A veces me hago un dólar, otros tres” aunque depende, dice, “si es que hay pescado y de cuántos tachos puedas llenar”. “Hay tachos o tinas pequeñas, medianas, grandes”, comenta la chiquilla

Jennifer tiene la belleza de piel bronceada, su vida ha sido siempre jugar bajo el intenso sol que calienta la arena y el mar azul, como el cielo brillante que anuncia cada día la tarea de los pescadores. La niña, atenta a las preguntas y sin soltar ni un momento el cuchillo con el que “desnuda los pescados” cuenta con voz cortada y mirando a su madre, qué ella no sabe por qué no está en la escuela, que todavía le gusta hacer castillos de arena y que es muy feliz en “Los Arenales”.

Jerayna alista pescados, ella llega a su casa de la calle Bustamante de Los Arenales, a las 12 del medio día, después de su jornada de estudios. Enseguida se saca el uniforme, se viste ligero y se sirve la comida, que su hermana Jennifer, dejó lista desde las 10 de la mañana.

Jerayna, después de comer, se incorpora para ir a realizar su tarea: “la de los pescados”, que su mamá le enseño desde los cinco años. Por hacer esto, no hace sus deberes, sino hasta muy tarde, eso de las 6 y media; cuando sus padres y hermana retornan a casa junto a ella.

De lunes a viernes ella baja las rocas que rodean la playa. A menudo se sienta en una de ellas a jugar, a contemplar las olas con inocencia única. Luego, camina descalza por la fina y ardorosa arena, con fundas y pequeños tachos de pescados para llevárselos a su vivienda. “Es lo que más comemos” afirma Jerayna, bastante tímida y escondiendo su mirar.

Quienes conocen este balneario, admiran su encanto, saben lo que ofrece, la comida es una de las características que lo definen. Los turistas se sienten a gusto con los ceviches de pescados, concha, camarón. Con el pescado apanado y con otras delicias, que se los puede disfrutar en los restaurantes: Alas Delta, La Loma, El Bohío de Moisés, La Peña de Freddy, “Toño” Restaurante, Puerto Rico y Cambawuasí.

Esto se debe a que un gran porcentaje dentro de los 12 mil habitantes que tiene la parroquia, se dedica a la pesca artesanal. Los pescados: caballa, robillo, cara, pargo blanco, pancora, pinchagua son algunos de los que se salen a vender a otras ciudades y que también se exportan a otros países. Una vez desembuchados y cortados se los lleva a diferentes partes del país, a algunas fábricas donde se convertirán en atunes y sardinas en lata.

Roberto Valdiviezo, de 52 años, es uno de los hombres que se dedica a transportar en su carro de balde de madera, el pescado, que pronto será llevado hasta Guayaquil, Quevedo, y a la Sierra. Éstos son vendidos a pequeños minoristas, para su posterior venta en mercados.

“¡Apúrense con las baldes!” “! Qué se nos hace tarde!” “! Tenemos que viajar hasta Quevedo!” le grita Don Roberto a un grupo de pescadores, quienes le ayudan a subir los tachos repletos de pescados, aproximadamente unos cinco mil pescados.

Mientras el carro arranca para transportar a otros lados los peces, el espectacular cielo con sinnúmero de “pájaros” multicolores, como las gaviotas y las aves migratorias alegran más el paisaje al transcurrir la mañana. Con este entorno, las anécdotas de muchos pescadores y la de los Flor Calderón, continúa, porque se refleja en otras historias.

Tito Vega, un niño de 8 años, interrumpe sus juegos infantiles para emplearse en esta labor de pequeño pescador. No solo desembucha pescados. No. También, él junto a su papá, Tito, ya se ha subido y navegado en las pangas. Está aprendiendo cómo capturar peces.

Expresa el pequeño que le agrada lo que realiza, y que algún día quiere ser como su papá: “! Quiero agarrar pescados!” “! Pero quiero ir más allá!” “Viajar por todo el mundo como marinero o pescador!”, enfatiza, mientras ayuda a poner unos pescados en un balde.

Es el ambiente que se respira, es el mundo que Tito respira hace tres años, desde que emprendió la tarea a la edad de 5 años.

Su papá, de 65 años, luego de coger pescados en alta mar, los pone en una carreta y los vende en otros lados, como Portoviejo. Por desembuchar pescados gana de 5 a 10 dólares diarios y por venderlos fuera del balneario, se hace de 10 a 15, no diarios, por semana, asegura.

“Este es el único trabajo que hay” expresa Bartola Ponce, quien tiene 48 años. Ya no vive con dos de sus tres hijos, quienes están en otras ciudades, trabajando en otras cosas. “Les gustó un tiempo esta actividad” “Luego se fueron” manifiesta con ligera tristeza, pero a la vez con una fortaleza que se refleja en sus ásperas manos. “En un segundo, descama, eviscera y corta cabezas de pescados”.No es para menos, ella lleva más de 30 años haciendo lo mismo. Con lo que gana, le alcanza para sobrevivir y mantener a su hijo menor de siete años, Héctor.

Los evisceradores, los yates, las redes y los transportistas solo descansan los sábados y domingos -cuando no están en veda- y –cuando vienen más turistas- a visitar el balneario. Aquel que no solo abriga restaurantes, sino también bares, y alojamiento en hoteles y hostales.

Un aire festivo reina las calles de Crucita los viernes y sábados por las noches. Calles llena de gentes de varios lados, quienes disfrutan de playa, charlas y música que proviene de bares o de los automóviles.

Es el caso de Karen, adolescente de 16 años. Quien solo tiene libre estos días para farrear. Ella es una de tantas jóvenes, dedicadas de lunes a viernes, a “extirpar pescados” hasta muy tarde. Termina su actividad, eso de las 8 o 9 de la noche.

Karen, vive en “Los Ranchos” y muy espontánea, se sienta en las mesas de tablas de maderas de las covachas donde realiza su labor. Su ropa está manchada de sangre, porque minutos antes al -abrir un pescado- le chispeó “un poquito” dice. “No es nada para lo que me toca hacer” y –apurarme- manifiesta. Pues a ella le toca atender a sus hermanos menores y darles de comer.

Aunque demuestra amor por lo que hace, su cara y manos sucias que son pasadas después por su short, expresan algo más, que se transforma en deseos de salir del lugar, de descamar rápido los ciento y pico de pescados que le toca día a día, hasta esperar que se haga viernes y reunirse con sus amigos, divertirse un poco en su cálida Crucita, donde también jugará con las olas ya frías desde el atardecer.

Cuenta Karen, que emprende su faena desde la una y media de la tarde, después de llegar de su colegio que queda en Portoviejo. Vive con sus padres, y desde los ocho años eviscera pescados.

Ese día lunes, ya a las dos de la tarde, le platicaba a su amiga María, también dedicada a lo mismo, que cuando se gradúen del colegio, ¡Ojala puedan asistir a la universidad!. Seguir la carrera de Ecoturismo o Biología Marina, que –aunque es muy cara- menciona a su amiga, no pierde las esperanzas de cumplir aquel sueño.

Al instante, María comenta: ¡Karen, ya quiero que se haga viernes! ¡Pa ir a Portoviejo con los chicos a farrear!.. – No te preocupes, rumorea Karen, -Luis dijo que estemos listas, que nos pasará recogiendo a las 9, este viernes.- “¡Allá nos encontraremos con mis amigos de Portoviejo”!.

Para las jóvenes, ya es costumbre lo emprendido, igual que para todos quienes se dedican a esta utilidad. Existen desde chiquitos de “cinco años, hasta adultos mayores o ancianos”. Es algo que atrae conocer, algo que disfruta a las familias de “La Bella”.

¿Anécdotas? Muchas, indica Karen. Ella dice recordar cómo fue que una vez su mamá se cortó un “pedacito” de dedo, al pelar pescados. -el meñique de la mano izquierda- cuando estaba cortando peces. “La curamos con alcohol y agua de sal”. “Pero eso no es todo”, confiesa, cuando continúa contando con voz intranquila, que, “Una vez a un niño de seis años, se lo tuvieron que llevar al centro de salud de Las Gilces. Allí el único médico que hay lo atendió, porque la herida era muy grande. Era un corte que se extendía en toda la mano derecha del chiquillo” agrega, moviendo sus manos y expresando un ¡allallay!, cuando en ese instante se raspa su mano, con el grande y afilado cuchillo de “desembuchar pescados”.

Recorrer esta parroquia, y sus sitios donde es especial la cotidianidad de la gente, sus anécdotas, la historia de sus habitantes, es maravilloso. Su clima a veces seco, otras veces semi-húmedo y algo tropical produce una grata sensación de quedarse en el sitio. Y aunque los visitantes se encuentren con desechos de basuras, botados en algunas esquinas; es perfecto ver cómo sus habitantes se sienten felices haciendo una de las actividades que más les gusta y de la cual sobreviven: la pesca.

Es justamente el paraíso espléndido de playa de Crucita que llama la atención de los turistas, pero hay quienes aprecian la admiración por su gente, porque es trabajadora. Es así, que sobre todo los extranjeros, como una pareja de gringos encontrados ese día bañándose en el mar, comentaron su gusto y asombro al ver a tantos niños y adolescentes “eviscerar pescados”. “Es una cosa increíble, desde chiquitos se les enseña” indican.

Pero, la parroquia Crucita, considerada urbana para unos y rural para otros, da la bienvenida no solo a gente del lugar, sino también a personas de otros cantones, que quieran realizar la minuciosa labor de eviscerador


Es así, como Gabriel, de 30 años, recorre todos los días la distancia de 30 kilómetros desde Portoviejo hasta Crucita, recorrido que toma 30 minutos en bus. Él trabaja como pescador. A menudo, el joven, dice llevar en el vehículo, galones de agua potable; para dárselas a su familia que habita en Crucita. “Crucita, no tiene agua para consumo humano, si la hay, esta no recibe ningún tratamiento”, asegura, mientras pone en un pequeño congelador el agua.

Al mismo tiempo, su tía, Maritza, vende una funda de cubos de hielos a Don Jefferson, el veterano encargado de comprar las fundas de 20 y 50 centavos donde vienen aproximadamente unos 30 y 50 cubos de hielos. Pronto estos serán puestos en los pescados para que no se dañen. Además para que puedan resistir tanto viaje a otros lugares.

Don Homero Delgado es un vendedor de granizados, naranjas, fundas llenas de mangos, y agua de cocos, quien todos los días baja hasta la playa, cerca de las covachas, para vender estos comestibles y refrescar a la gente, que se llena de sudor y cansancio, sobre todo en horas del medio día.

Son aproximadamente las dos y media de la tarde, todo el día en el lugar, los pescadores siguen el curso de sus faenas, descalzos, con las camisas amarradas en sus cabezas, en el pequeño mini malecón de “La Bella” Crucita. Y parte de este panorama reposa ya desde mucho tiempo atrás, tiene una historia. Historias llenas de tristezas, otras gratas, pero al fin y al cabo, experiencias que hacen la vida más humana.

Este panorama es propio de la zona, que luce llena de fragatas que se zambullen para capturar los peces que nadan a flor de piel. Los pescadores y con ellos los evisceradotes cumplen su faena cotidiana. Y mientras algunos yates se mantienen descansando como gaviotas sobre las aguas, otros están sobre la arena mojada, provocando la sensación de ayudar en la labor.

Pocos conocerán la historia de los Flor Calderón, de Tito, de Roberto, de Karen, de María, de Gabriel. Pasa desapercibida para los ojos de algunos. Pero es una de las tantas historias por contar de gran parte de los pobladores de Crucita, quienes todos los días luchan en medio del mar, trabajan “desembuchando pescados” en el pequeño puerto que sueñan algún día ver más desarrollado.

De esta manera transcurre el andar en “Los Arenales”, en “Las Gilces” en los “Ranchos” donde mucha gente cumple la habilidad de “abrir pescados”. Todos siempre muy contentos realizan eficazmente su responsabilidad. Así se ganan la vida.

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Fecha de Publicación: miércoles 07 de noviembre de 2007
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Pamela de Wutz Por favor me pueden informacion que distancia hay de Quevedo hacia Crucita. Gracias y Saludos

miriam paredes El escrito tiene muchisimos mensajes. como desearia el gobierno pueda tener un colegio y una division universitaria en esta area para evitar que estas jovenes no lleguen a culminar sus aspiraciones. Menos peligro en movilizacion y mas cultura y educacion para que sean los pioneros del desarrollo de nuestra Cruzita La Bella.

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