"Hoy quiero aportar al “Retorno del Caudillo”, datos poco conocidos (y contradictorios) sobre lo que sucedió con las Cenizas Benditas del Mártir del Ejido" dice Bowen
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Nuestro regreso fue simultáneo: Mientras el Viejo Luchador volvía triunfante y luminoso a Montecristi, luego de un siglo de ausencia cargado de merecidos honores... yo lo hacía sin fanfarria apenas a 15 días de mi corto recorrido por la China.
Pedro Vincent Bowen
pedrovincent@yahoo.com
Mi viaje a China se dio por una invitación de un grupo de empresarios privados. ¡Nada que ver con el Gobierno!
Hoy quiero aportar al “Retorno del Caudillo”, datos poco conocidos (y contradictorios) sobre lo que sucedió con las Cenizas Benditas del Mártir del Ejido.
Fueron soldados los que organizaron la matanza, sostiene Alfredo Pareja Diezcanseco. Está comprobado que el victimario principal (José Cevallos) había estado minutos antes en el despacho del Ministro de Gobierno, Octavio Díaz. Así lo denunció Pío Jaramillo Alvarado, Fiscal de la causa, quien acusó categóricamente ante la historia al gobierno de Freile Zaldumbide como responsable de la muerte de Eloy Alfaro y sus compañeros Medardo Alfaro, Flavio Espejo, Ulpiano Páez, Manuel Serrano, Belisario Torres y Luciano Coral.
Los cuerpos fueron sacados del Panóptico y arrastrados por las principales calles de Quito. Al llegar al Ejido, los cadáveres, fueron incinerados en un cuadro macabro.
Eloy Alfaro, que había conquistado en los Campos de Batalla la categoría de Héroe, adquirió en esta jornada (celebrada jubilosamente 95 años después por los “forajidos”de Quito y sus alrededores) el título de Mártir.
Ya entrada la noche, el cura Alejandro Mateus, acompañado de otro sacerdote, levantaron los cadáveres carbonizados de las tres piras y los condujeron con las debidas precauciones al Anfiteatro Civil, tras lo cual notificaron a los deudos. (Versión del historiador Humberto Oña Villarreal).
Pero (el infaltable), en fragmentos del Proceso que hemos obtenido en el Archivo Histórico de la Corte Suprema de Justicia se evidencia que... a la tarde del 28 de enero de 1912, los familiares de Ulpiano Páez lograron rescatar su cadáver. En la noche, el arzobispo de Quito comisionó a tres sacerdotes que recogieran los restantes cadáveres para darles sepultura. La policía no les permitió, pues se debía hacer un previo reconocimiento judicial, el que fue practicado por los médicos Manuel de Guzmán y Juan José Egüez.
El parte médico reza así: “Procedimos al reconocimiento de cinco cadáveres en el orden siguiente: 1º Un tronco de cadáver, sin cabeza, ni brazos, ni piernas, completamente carbonizado. 2º Otro cadáver, también carbonizado, sin cráneo, sólo con parte de cara, roto el brazo derecho, con los intestinos fuera despedazados. 3º Otro igual al primero, horriblemente mutilado, sin cabeza y carbonizado. 4º Otro cadáver con todas las vísceras despedazadas, con solo la cara y todo él carbonizado, con excepción de los pies. 5º Finalmente, un cadáver horriblemente quemado, sin cráneo, ni brazos ni piernas, y todo él mutilado con los intestinos fuera.
“... Según información de los presentes, el 1º era del general Eloy Alfaro; el 2º del general Medardo Alfaro; el 3º del general Manuel Serrano; el 4º del general Flavio Alfaro; y el último del coronel Luciano Coral. Por el estado de carbonización horrible, mutilación y destrucción completas de las vísceras de todos los cadáveres, no se pudo constatar en ningún vestigio de heridas que hayan sido causa de la muerte. Quito, enero 29 de 1912”.
La última versión sobre las circunstancias que rodearon el bárbaro linchamiento, la acaba de hacer pública Jorge E. Swett P. en la prensa de Guayaquil: “... Don Julio Palomeque Gómez, mi tío, nos refirió detalladamente los pormenores de la masacre del General y sus colaboradores más cercanos y de los planes que tuvo con su amigo de apellido Chevasco que tuvo en Quito de origen chileno y con el cual planificaron rescatar el cadáver del Mártir para esconderlo enterrándolo en una quinta que su amigo tenía en las afueras de la ciudad.
“... Don Julio Palomeque y su amigo caminaron con riesgo junto al grupo que rodeaba los mártires, desde la sacada del Panóptico hasta El Ejido, que en el macabro recorrido eran pateados, apaleados, acuchillados, disparados e insultados. En el lugar de la inmolación fueron apilados por los sicarios, pero su amigo y mi tío los tenían perfectamente ubicados. El único cadáver sobre el que no cabían dudas era el de Flavio Alfaro, que aún tenía el yeso colocado en el brazo por una fractura.
“... Los cadáveres estaban en muy mal estado, pero no desintegrados, ni hecho cenizas sino chamuscados, con cercenamientos parciales. La quema de los cadáveres, cuyo fuego debió ser alimentado con algún combustible, levantó una no muy alta hoguera. La temperatura alcanzada por el fuego no era suficientemente alta como para llegar a volver ceniza hasta a los huesos. Esto no sucedió. (Continuará)