Vargas Vila escribe a Alfaro: "No podrán nada contra su memoria que se levanta del fondo de la tumba, como las llamas de las entrañas de un volcán colérico hacia el cielo"
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A pesar de que este tema va para largo, hoy debo concluirlo. Otros asuntos urgentes que tienen que ver con el futuro del país, requieren nuestra atención.
Pedro Vincent Bowen
pedrovincent@yahoo.com
Después de todo, ya está en Montecristi el general Eloy Alfaro, descansando en su cuna natal en cuerpo y alma (espero que, ahora sí, para siempre). Pero (el infaltable), es preciso darle continuidad a la nota inconclusa del lunes pasado, sobre una de las tantas versiones que circulan sobre la autenticidad de las cenizas del Viejo Luchador, entre otras, la que sostiene Jorge E, Swett P.: "... Nos relató mi tío, que cuando una lluvia de mediana intensidad se presentó, los bárbaros se retiraron. Él y su amigo se quedaron escondidos tras los matorrales desde donde lanzaban piedras a los perros del vecindario que fueron atraídos por el olor a carne "chamuscada". "... A eso de las tres de la madrugada, se decidieron ir al rescate de los restos del General que sí los tenían ubicados.
En esos momentos, cuando hurgaban con un palo para zafar el cadáver de su enredijo con los otros, se acercaba un carretón de madera tirado por dos mulas. Los soldados que llegaron, empezaron a lanzar los cadáveres sobre la carreta, para de inmediato, llevárselos a algún lugar al que mi tío y su amigo chileno no pudieron seguirlos. "... Hay que descartar las versiones que aseguran que todos los cuerpos fueron quemados hasta la incineración total y que sus cenizas se mezclaron con el fango. Esto no tiene testimonios veraces ni argumentos técnicos. Valdría la pena que los restos sean analizados por las modernas pruebas científicas del ADN comparándolas con los análisis que se practique a los descendientes directos del Primer Capitán de la Libertad y el Progresismo en el Ecuador. Si no fueren los de él, pero sí de alguno de los otros héroes mártires de 1912, valdría la pena honrarlos igual como Símbolo de la Libertad que iniciaron el 5 de junio de 1895 los adelantados mártires de la modernidad política. (f) Jorge Swett)" Y ahora, unas palabras a modo de epitafio colocadas (metafóricamente) sobre el sarcófago de piedra que guarda los Sagrados Restos, frente al "galpón de cristal" en donde los asambleístas, entre los cuales vemos algunos "forajidos" que en su momento celebraron el "arrastre" de Alfaro el día que se "cayó" Lucio Gutiérrez, hacen malabares con el futuro de la Patria: ¿Cuántos se han sacrificado hasta colocarnos a la altura de la civilización moderna? La ciencia, la libertad, la religión y la moral, todo lo noble y elevado que se alienta y se perfecciona en el hombre y lo impulsa sin cesar hacia arriba, comparámoslo siempre con el sacrificio de nuestros redentores.
El martirio viene a ser en la historia, el sello de grandiosidad de las acciones humanas. Y la condición indispensable para la inmortalidad y la gloria. Quitadle a Jesús de Galilea su cruz y su corona de espinas, y no acertaréis a explicaros cómo el Evangelio ha pasado de mano en mano, de generación en generación, durante dos mil años, hasta llegar a nosotros. Arrancadle de las manos de Sócrates la copa de cicuta, y lo habréis privado de la inmortalidad, le habréis quitado a su moral la contraseña divina del martirio.
Si Giordano Bruno no hubiera subido a la pira, y si las cenizas de Juan Huss no hubieran sido recogidas del quemadero y dispersadas al viento, las ideas de libertad y democracia no habrían germinado tan lozanamente. La incineración del cráneo pensador ha dado siempre más fuerza y brillantez al pensamiento que se albergaba en la cabeza carbonizada. El martirio es, pues, el complemento de la gloria. La de Bolívar no habría sido completa sin la ingratitud de sus contemporáneos y sin su agonía lenta, dolorosa y solitaria en Santa Marta. A Sucre, vencedor de los vencedores de Napoleón, le habría faltado un florón a su corona, sin los balazos de
Berruecos.
¿Dónde... dónde está el hombre verdaderamente grande, verdaderamente apóstol, verdaderamente redentor, que no haya cargado con la cruz o saboreado la cicuta, la ingratitud o la traición? A Eloy Alfaro le faltaba también el martirio. Su misión habría carecido de sello grandioso sin el trágico fin de todos los benefactores del linaje humano.
Alfaro (I.:P.:H.:), sin el horroroso martirio del 28 de enero de 1912, acaso se habría confundido con otras celebridades nuestras que, a pesar de sus méritos no han conseguido conquistarse la primera fila en la historia ecuatoriana. Pero los mismos que ansiaban exterminar al Reformador y al Héroe, los mismos que profanaron su cadáver y lo redujeron a cenizas, han contribuido eficazmente a la Inmortalidad del Fundador del Liberalismo. Ellos fueron los obreros providenciales que colocaron la primera piedra angular sobre la que se elevan cientos de monumentos en todos los pueblos libres, consagrados por la gratitud nacional a la memoria del Mártir.
Ellos ayer, y sus descendientes hoy, los que lejos de haber logrado borrar con sangre y horrores el nombre ilustre de Eloy Alfaro, lo han grabado en páginas más duraderas que el mármol y el bronce, pues crimen tan enorme conmovió a todas las naciones e hizo que la fama pregonara, de confín a confín, los merecimientos de la Gloriosa Víctima. Es mi palabra.